Capítulo 13. Donde el océano se traga al gigante
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Llegué a Belém a las 5:30 de la mañana, un sábado. Apenas toqué tierra, salí corriendo (no literalmente, pero casi) rumbo al puerto fluvial. No tenía reserva, y ese día todos se iban a la playa. Marajó me esperaba… si lograba subir a alguna lancha.
Mi meta era clara: ver con mis propios ojos cómo el Amazonas se funde con el Atlántico. ¿Sería el final del viaje… o el comienzo de algo más?
La isla de Marajó me recibió con su luz dorada. No era un paisaje exuberante ni espectacular: era calma, extensión, silencio. Los búfalos pastaban en la orilla como si el fin del mundo les diera lo mismo. En Marajó hay más búfalos que personas. Fueron introducidos hace más de un siglo, dicen que, por accidente, tras un naufragio, y ahora son parte del paisaje, de la economía y de la identidad de la isla. Con sus lomos oscuros y ojos serenos, parecen entender todo y preocuparse por nada.
Caminé por la Praia da Barra Velha con los pies hundiéndose en la arena tibia. En el cielo, entre nubes lentas, imaginé la silueta de un ibis escarlata. ¿O la vi?, pero ese destello rojo que atraviesa la humedad vale el viaje entero.
Con los pies hundiéndose en la arena tibia y el corazón palpitando raro. No sabía si era emoción o cansancio. Tal vez las dos cosas.
Ahí está. No un espectáculo, sino un horizonte. El agua extendiéndose sin final, sin forma. Allí donde termina el río más largo y más poderoso del mundo, no hay ruido ni fuegos artificiales. Solo una respiración lenta, líquida. El Amazonas no se rinde: se disuelve.
Es la desembocadura. Yo estuve ahí. Yo vi al río hacerse mar.
Ahí me di cuenta: lo logré. Desde los Andes hasta el Atlántico. Desde el hielo al calor. Desde el nacimiento hasta la muerte. ¿Es la muerte o un comienzo de otra cosa? ¿Es eso la muerte?
Sentí nostalgia. Como si algo se apagara. Como si el Amazonas muriera allí, tragado por el mar. Todo lo que fue fuerza, caudal, selva, corriente… parecía deshacerse, diluirse, desaparecer.
Pero me quedé un rato más. Mirando. Respirando.
Y entonces lo entendí: no es una muerte. Es un renacimiento. El agua del Amazonas no se pierde, se expande. Se mezcla con el océano y sigue. Alimenta otras costas, otras lluvias, otras vidas.
Quizás eso también sea viajar: dejar que algo muera en ti para que otra cosa empiece. Cambiar de forma.
Fluir. Como el río. Como yo.