Capítulo 15. Lençóis Maranhenses: ¿Quién me manda a enamorarme así? Todo por una foto
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Todo empezó con una foto.
Una de esas que aparecen como protector de pantalla en mi computador, lanzándome paisajes como carnadas. Esta era diferente.
Parecía de otro planeta: dunas blancas, lagunas turquesas, una luz que no entendía.
Busqué dónde era. Brasil. Bah, claro.
Y justo yo —loca de remate— estaba a punto de andar por Brasil.
Busqué el nombre: Lençóis Maranhenses. Y ahí estaba.
No tan lejos. Casi cerca.
Pensé: “no creo que vuelva a estar más cerca que ahora”.
Así que hice lo que vine a hacer en esta vida: enamorarme de una foto e ir por ella.
Pedí días, moví fechas, rasqué los ahorros. Y lo hice.
Salgo de Belém de noche, en un bus con los asientos casi vacíos y el cuerpo lleno de historias. Cruzo el norte de Brasil mientras el Amazonas, allá atrás, sigue fluyendo sin mí. Llego a São Luís con el amanecer. La ciudad me recibe con calor, muros coloniales desmoronándose y olor a mar. Apenas la rozo. Tomo un colectivo hacia Barreirinhas. Necesito llegar.
Desde Barreirinhas parto rumbo a las dunas y lagunas del Parque Nacional Lençóis Maranhenses. En portugués, “sábanas de Maranhão”. Y sí, parece que alguien hubiera tendido sábanas blancas sobre el desierto, y luego las hubiese salpicado con lagunas turquesa. El paisaje es tan irreal que cuesta creerlo. Como si el viaje quisiera terminar con un sueño.
Estas lagunas no son permanentes. Se forman solo durante la época de lluvias, entre mayo y septiembre, cuando el agua se acumula en los valles entre las dunas. En la estación seca, todo desaparece: las lagunas se evaporan y lo que queda es un mar de arena. Si hubiese llegado unas semanas antes o después, habría visto un paisaje completamente distinto.
Y aquí viene lo más alucinante: hay peces. Pececitos diminutos que emergen con la lluvia, como si brotaran del suelo. Durante la sequía, se entierran en el lodo seco y entran en un estado de letargo llamado diapausa. Esperan, aguantan. Y cuando vuelven las lluvias, reaparecen. Como si el agua trajera consigo la memoria del paisaje.
🌍 Algunas curiosidades que me volaron la cabeza:
• A pesar de parecer un desierto, no lo es. Los Lençóis Maranhenses reciben más de 1.200 mm de lluvia al año. Un desierto, técnicamente, recibe menos de 250 mm.
• Las dunas están vivas. Se mueven hasta 20 metros por año, moldeadas por el viento constante del Atlántico. Cada vez que vuelves, ves otro paisaje.
• Hay lagunas con nombre propio, como Lagoa Azul y Lagoa Bonita, pero hay miles de lagunas anónimas que aparecen y desaparecen cada año.
• La arena es tan blanca porque está compuesta casi en su totalidad por cuarzo puro. Por eso brilla. Y por eso no quema tanto como crees (aunque quema).
• Algunas comunidades tradicionales viven dentro del parque y caminan horas por las dunas para llegar al pueblo más cercano. Viven de la pesca, pequeñas cosechas y lo que la estación permita.
• Es uno de los pocos lugares en el mundo donde un paisaje que parece desértico tiene agua dulce temporal y vida acuática estacional. Un milagro geológico y meteorológico.
Camino por las dunas descalza, el sol reflejándose en la arena como una lámpara encendida sobre un espejo infinito. Visito dos lagunas. Nado en ellas. No hay sombra ni árboles. Solo el cielo, el viento y este cuerpo que ya no sé cómo se sostiene.
Esa noche duermo en Barreirinhas, o al menos intento. Porque al día siguiente madrugo de nuevo para irme por el otro lado: hacia Santo Amaro, donde el paisaje cambia otra vez. Aquí las dunas se funden con vegetación, las lagunas son más escondidas, y el silencio es más profundo. No hay tanta gente. Solo yo, una guía, un par de turistas exhaustos y esa belleza que abruma.
Si me alcanza el tiempo —y la vida— intento llegar a Atins, para ver el vuelo de los ibis escarlata. Me han dicho que al atardecer tiñen el cielo con su rojo encendido, como brasas vivas que cruzan el aire. Si lo logro, lloraré. Y si no, igual.
Termino destruida. El cuerpo ya no me responde. La espalda duele, los pies piden tregua, los ojos queman. Me ducho en algún lugar, quizás no me acuerdo bien dónde. Pido un taxi. Vuelvo a São Luís. El aeropuerto me ve llegar con la mochila sucia, la piel curtida y la cabeza llena.
El avión despega a la 1 AM. Vuelo toda la noche. Escalas. Ruido. Gente. Santiago me recibe un domingo por la tarde. Al día siguiente, lunes, 7 AM: estoy en mi oficina. Peinada, en silencio. Cara de póker. Como si nada.
Pero dentro de mí, algo quedó suelto. Una duna. Una laguna. Un río. Un reflejo.
Y la certeza de que no volví igual.
No podía volver igual.
Porque cuando el Amazonas te atraviesa, ya no hay forma de “volver”.
Solo de seguir. Con otra corriente.