Capítulo 14. Belém: donde el Amazonas se hace océano
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Llego a Belém con una mezcla difícil de describir. Alegría, nostalgia, gratitud. Es el último punto de este viaje. El gran río termina aquí. O, mejor dicho: se transforma. El Amazonas se entrega al mar, se diluye en él, como si después de tanto recorrer, entendiera que no hace falta llegar, sino simplemente fluir.
Estoy sentada en un malecón frente al estuario, viendo cómo el agua dulce sigue su viaje hacia el Atlántico. Aún no es mar, pero ya se intuye. El río se ensancha, se agita, se mezcla con otros brazos.
Los barcos van y vienen, y hay humedad en el aire. Huele a río, como en Santarém, como en tantos otros puertos fluviales. Pero aquí se siente otra cosa: el rumor de lo que termina. El umbral de lo que cambia.
Belém era sólo mi aeropuerto de salida, para volver a casa. Pero el viaje cambió. Ahora hago otra escala, inesperada. Y Belém, que era solo un punto logístico, se volvió una pausa necesaria. Porque esta ciudad, cargada de historia, también merecía ser mirada.
La ciudad fue fundada por los portugueses en 1616, casi un siglo después de que Orellana recorriera este mismo delta en su épica expedición. Cuando él pasó, esto era aún parte del Imperio español, en tiempos de la Unión Ibérica. Pero Portugal, siempre mirando hacia el mar, no tardó en reclamar su lugar. Fue aquí donde alzaron el fuerte de Presépio, núcleo original de la ciudad, para proteger el acceso al Amazonas.
Así nació Belém. Al final del viaje, me encuentro con la primera ciudad europea fundada en toda la cuenca amazónica, y el inicio del control colonial sobre la desembocadura del río más caudaloso del planeta.
Y lo lograron. A diferencia del resto de América del Sur, colonizada mayoritariamente por España, la cuenca baja del Amazonas quedó en manos portuguesas. Por eso aquí se habla portugués. Por eso Belém, como Manaos, Santarém y tantos otros puertos fluviales,
no suena a español, ni siquiera a quechua o aymara. Suena a otro ritmo.
Camino por las calles del centro histórico y me detengo frente a la Catedral de Sé, donde comenzó todo. Es mediodía y suena una campana antigua. Me siento pequeña en este cruce de tiempos: la piedra, la selva, el río, los barcos, la conquista, los pueblos originarios, la fe, la violencia, el caucho, el comercio, las frutas, el calor. Todo pasó por aquí.
El mercado Ver-o-Peso —cuyo nombre significa “ver el peso”, por la antigua aduana donde se pesaban las mercancías— es un torbellino de colores y aromas. Hay pescado seco, frutas de nombres que no entiendo, medicinas tradicionales, hojas sagradas, raíces, y botellas con líquidos misteriosos que prometen curar desde el mal de amores hasta el reumatismo.
Me cuentan que, desde hace siglos, este mercado ha sido el corazón comercial de la Amazonía oriental. Aquí llegaban las canoas cargadas de guaraná, castañas, pimienta, cacao, tabaco, y más tarde, caucho. Todo se pesaba, se tasaba, se enviaba al mundo.
Lo que el río no siempre cuenta
Pero también hay una historia más dura que flota en el aire, aunque no siempre se nombre. Belém fue, durante siglos, un puerto esclavista. Desde estas orillas partían productos amazónicos —castaña, cacao, tabaco, especias— y llegaban barcos cargados de personas encadenadas, traídas desde África occidental.
Las cifras abruman: Brasil recibió cerca del 40% de todos los africanos esclavizados que cruzaron el Atlántico. Más de cinco millones de personas arrancadas de su tierra.
¿Por qué tantos? Porque aquí no hubo un solo motor económico: fueron varios, y todos voraces. Primero el azúcar, luego el oro, después el café. Plantaciones, minas, haciendas. Desde el siglo XVI hasta fines del XIX, Brasil necesitó una mano de obra inmensa para sostener su crecimiento colonial y luego imperial. Y esa mano de obra fue negra.
En la Amazonía también hubo esclavitud. Al principio, los portugueses intentaron someter a los pueblos originarios. Pero muchos indígenas morían rápidamente, víctimas de enfermedades europeas, del castigo, o escapaban selva adentro. Entonces trajeron esclavos africanos, considerados más “aptos” según la lógica racista de la época.
Aquí, en Belém, se los empleaba en las cosechas forestales, en las balsas que bajaban cargadas de caucho, en los muelles, en los servicios urbanos y en las estancias rurales.
Las huellas están por todas partes, aunque a veces no se vean. En los rostros, en los ritmos, en los platos típicos. La casta afroamazónica tejió aquí una cultura mestiza, poderosa y resistente.
Y, sin embargo, esta historia suele estar en voz baja. Oculta bajo la postal colorida del Ver-o-Peso, bajo los edificios coloniales, bajo las frutas y los rezos.
Camino por estas calles sabiendo que bajo cada piedra puede haber una memoria, un nombre que se perdió, un cuerpo sin tumba, una historia sin contar.
El río fluye, pero no todo lo que arrastra es agua. A veces también lleva silencio.
Entre dos mundos
Lo que más me impresiona es cómo cambia la Amazonía al llegar aquí. En el interior selvático, en las comunidades que visité, la mayoría de los rostros eran indígenas: shawi, ticuna, cocama, yagua. Allí la selva es madre y memoria.
Pero aquí, en la costa, la presencia africana se siente más fuerte. Belém es una ciudad mestiza, afroamazónica, nacida del dolor y también de la resistencia. La identidad aquí no es una sola: es cruce, mezcla, contradicción.
Y quizás por eso, esta ciudad no solo representa el fin del río, sino también la complejidad de todo lo que arrastra.
Pero más allá de los datos y la historia, hay algo íntimo que siento: llegué.
Crucé la selva, los ríos, las ruinas, los mitos, los mapas.
Desde los Andes hasta el Atlántico, el Amazonas fue mi brújula.
Y hoy, en Belém, no es un final. Es otra frontera. Porque, aunque mi viaje “oficial” termine aquí, sé que me espera algo más. Un lugar misterioso que vi por primera vez en una foto, y que desde entonces no me ha soltado.
Pero por ahora, dejo que la ciudad me envuelva. Me tomo un jugo de taperebá en la vereda. Miro el río por última vez. Y respiro.
Porque tal vez eso también sea viajar: llegar al mar con el corazón lleno, y saber que cada final es, en realidad, una nueva corriente.