Capítulo 10. Anavilhanas

Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga

Despega el dron. La lancha se ve pequeña, perdida entre reflejos oscuros. Y entonces, empiezan a aparecer. Primero cinco, luego diez, luego decenas. Cientos. Un archipiélago completo flotando en medio del río Negro.

Así comienza mi sobrevuelo sobre las Anavilhanas, uno de los paisajes más hipnóticos que he visto desde el aire. Islas verdes, redondeadas, como manchas de pintura sobre el espejo de agua. Algunas grandes, otras apenas una línea de arena. Todas formando un mosaico perfecto y caótico a la vez.

El Archipiélago de Anavilhanas es uno de los más grandes del mundo en un río. Tiene más de 400 islas, aunque el número cambia según el nivel del agua, y forma parte del Parque Nacional de Anavilhanas, un área protegida de más de 350 mil hectáreas. Es un laberinto que se expande y se contrae con las estaciones. Cuando el río crece, algunas islas desaparecen. Cuando baja, emergen playas de arena blanca.

Desde arriba, parece irreal. Como si la selva hubiera decidido multiplicarse en círculos. Como si alguien hubiera esparcido semillas de isla por el río.

Desde abajo, el paisaje cambia todo el tiempo. Se cruzan delfines rosados, se escuchan monos aulladores en la distancia, y de pronto aparece una garza, posada como estatua sobre una rama sumergida. Aquí viven más de 500 especies de flora y fauna identificadas, muchas de ellas endémicas. Es un santuario.

Y es por eso que vine. Por esta imagen. Por esta locura de dronear el rompecabezas amazónico. Por justificar ese vuelo, esa lancha, ese desvío.

A veces, una imagen vale la travesía.

Y a veces, el Amazonas te regala algo que ni la mejor foto puede atrapar.

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