Capítulo 8. Amacayacu, comunidad Tikuna actual
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Dejo Iquitos antes de lo previsto, renuncio a la comodidad de la primera clase fluvial (que, para ser honesta, tampoco era un lujo) y subo a una lancha algo desvencijada, llena de bultos, gente dormida y niños con bolsas de snacks. Quiero adelantar el viaje. La ansiedad me empuja río abajo, quiero ver más, quiero conocer a la gente del río, como viven hoy.
La lancha rápida para un par de veces en la noche y en la última parada antes de llegar a la triple frontera, ese vértice amazónico donde Colombia, Perú y Brasil se mezclan y sólo son amazónicos, me bajo. Es de noche aún, se supone sale un bote al medio día que me llevaría a Puerto Nariño, Colombia y desde ahí tomar otra lancha pequeña que me adentre a la Selva a San Martin de Amacayacu, donde me quedaré unos días a vivir en esta pequeña comunidad Tikuna. Me costó averiguar cómo llegar, pero eso le dio más sabor. No viven colgados de los árboles, ¡no! Viven en casas, como vive la mayoría de las comunidades amazónicas hoy. Solo que mientras más a trasmano, más auténticos me imagino. Y eso me gusta.
El Amacayacu es un río discreto. No tiene la fama del Ucayali ni los titulares del Amazonas. Pero serpentea con una gracia tímida y poderosa por la selva colombiana, abrazando comunidades indígenas, escondiendo delfines rosados, y reflejando cielos infinitos. Aquí no hay muelles con wifi ni souvenirs de madera barnizada. Aquí los caminos son líquidos y los días, húmedos.
Mi plan (aunque llamarlo así es demasiado optimista) es explorar la zona desde una pequeña aldea en la selva, visitar algunas quebradas, caminar por trochas de barro resbaloso, y, si tengo suerte, conversar con mujeres Tikuna. Pero no quiero ir a esas “comunidades indígenas” organizadas para turistas donde todos llegan en grupo, se bajan con sus chalecos naranjos y sus celulares listos para grabar la danza protocolar. No.
Yo quiero ver a los Tikuna como se ven a sí mismos. Vestidos igual que yo, con pantalones cortos y poleras con logos de equipos de fútbol, lavando ropa en el río, pescando con red, riéndose con los niños. Quiero ver la vida real, la que no se cobra por foto.
Me cuesta, porque el turismo lo invade todo. Incluso nuestras buenas intenciones. Yo soy parte de eso. Pero sigo intentando. Soy la turista que se jura no turista.
A veces, basta con quedarse más rato, esperar a que se vayan los otros, no preguntar tanto, mirar más. A veces, el verdadero viaje empieza cuando uno deja de moverse.
Justo cuando pensaba que no podía estar más perdida, apareció una mujer en la orilla. No dijo mucho. Me miró, miró la lancha, y con un gesto me indicó que la siguiera. No era una guía, ni una anfitriona. Era solo alguien que vivía allí. Caminamos un buen rato por un sendero de tierra rojiza hasta llegar a su comunidad: casas sencillas de madera sobre pilotes, niños jugando con hamacas, gallinas debajo, una radio sonando bajito. Me ofreció una silla de plástico y una taza caliente que no supe si era café o yuca.
No hablamos de “su cultura”. Hablamos de cosas chicas. De su hermana que vive en Leticia, del calor que no afloja, de las lluvias que no llegan. Me mostró cómo rayaban la yuca y me reí cuando me pidió que probara. Lo hice pésimo. Y ahí aproveché para preguntar algo que siempre me ha intrigado: ¿se puede comer así nomás?
Spoiler: no. La yuca —o mandioca— no se puede sacar de la tierra y llevar directo al plato. Muchas variedades contienen compuestos tóxicos, así que hay que rallarla, prensarla, lavarla y cocinarla bien. Las mujeres Tikuna lo hacen con una técnica que parece sencilla, pero es milenaria. Convertir algo potencialmente peligroso en alimento seguro requiere tiempo, práctica y paciencia.
No me sentí observadora, ni intrusa. Me sentí torpe, pero bien recibida.
Y mientras el motor de la lancha jadea y escupe humo, el Amazonas se transforma: el agua cambia de color, los acentos cambian, el idioma se mezcla. Colombia aparece sin aduana. Brasil asoma sin pasaporte. Y yo, sentada sobre una mochila, tratando de no caerme al río, me pregunto: ¿cuántas versiones del Amazonas hay? ¿Cuántas están hechas para turistas… y cuántas para sí mismas?