Capítulo 9. Al Río Negro

Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga

Salgo de la comunidad San Martín de Amacayacu con una mezcla de nervios y fe. Me van a dejar, literalmente, en «la esquina»: el punto donde el río Amacayacu se encuentra con el Amazonas. Ahí tengo que esperar, con toda mi esperanza bien exprimida, que me hayan reservado el cupo en la lancha correcta, y que esa lancha llegue a tiempo para mi vuelo a Manaos.

Ese día es un nado sincronizado amazónico: si una lancha se retrasa, si una lluvia se pasa de entusiasmo, si alguien se le olvida un saco de yuca… todo se puede ir al carajo. Pero yo, confiada en la buena voluntad del universo (y en la improvisación selvática), voy cargada de mochilas y de ilusiones.

Si todo sale bien, y ojalá que sí, me quedará tiempo y alcanzaré a conocer Leticia y Tabatinga durante el día. No tengo idea dónde dejaré las mochilas, pero imaginemos que consigo una bodega, una amiga, un milagro. Leticia y Tabatinga son dos ciudades sin frontera real: se camina de una a otra con solo cruzar la calle, se mezclan idiomas, monedas, comidas y calores. No son Colombia ni Brasil. Son el Amazonas profundo. Son sudor y música. Y quiero sentirlas.

Escogí volar a Manaos. Podía bajar en barco durante cinco días, pero cambié el rumbo por una imagen. Una sola. Una foto aérea que me dejó loca. Así que me desvío, me salto tramos, y ahorro tiempo. Lo guardo como quien guarda chocolates: para un momento especial. Una locura al final del viaje. Ya verán. Si sobrevivo.

Llego al atardecer a Manaos. Paso la noche, y al día siguiente, domingo, me toca llegar a un paradero cerca de un puente y esperar un colectivo que me lleve a Novo Airão.

No sé qué espero encontrar ahí. Bueno sí: una postal rota. Un pueblo comido por la selva. Velho Airão. Abandonado. Cubierto de raíces. Una foto que no tiene precio (aunque el viaje, sí: y es carísimo). Voy por eso. Por la imagen. Por la sensación. Por el vértigo.

Y ya que estoy allá, aprovecharé de tomar imágenes aéreas del Archipiélago de Anavilhanas. Quiero ver desde el cielo esos miles de islotes en forma de fractal. Pero eso será otro capítulo.

Llego al Río Negro. Del cruce a las ciudades sin aduana, al vuelo y a los desvíos que no salen en el mapa, pero que se recuerdan para siempre.

Desde Novo Airão me subí a una lancha rumbo a las ruinas de Velho Airão, un antiguo asentamiento que una vez fue próspero, y que hoy yace enmudecido bajo la espesura. El guía me dijo que ahí antes vivía “mucha gente, cientos, quizás más de mil”… pero que ahora, solo quedan árboles creciendo dentro de casas de piedra. Como si la selva hubiese tragado la historia y dejado solo el eco.

La lancha cortaba el río Negro y el viento me pegaba en la cara con una mezcla de alivio y preguntas. ¿Quiénes vivieron ahí? ¿Por qué lo abandonaron? ¿Qué historias quedaron atrapadas entre los muros derrumbados?

Al llegar, lo supe: Velho Airão no es solo un pueblo fantasma. Es un testigo roto de una época brutal.

Los muros cubiertos de musgo, las iglesias carcomidas, los restos de pozos y almacenes… Todo parecía susurrar. El caucho, me dijo el guía, lo cambió todo. En el siglo XIX, cuando el mundo enloqueció por ese oro blanco que se ordeñaba de los árboles, aquí llegaron barcos y hombres sedientos de fortuna. Fundaron villas, marcaron árboles, cazaron sueños. Y también cazaron personas.

El caucho no crece en campos ordenados. Está esparcido como un secreto en la selva. Para recolectarlo había que caminar, cortar, esperar. Los trabajadores, los seringueiros, eran enviados río arriba, a pie, por semanas. Muchos eran indígenas esclavizados, otros engañados, otros simplemente nacidos en la servidumbre de ese sistema sin nombre, sin ley y sin piedad.

Me lo imaginé: un joven Baré o Baniwa forzado a entrar cada día al monte, el machete al cinto, el cuerpo rendido, la piel abierta por los latigazos. Me dieron ganas de llorar.

La selva lo recuerda todo, aunque los libros no.

Las ruinas me parecieron hermosas, pero me dolió admirarlas. ¿Cómo mirar sin romantizar? ¿Cómo documentar sin blanquear la historia?

Vi una vieja pared de cal cubierta por lianas. En algún momento eso fue un templo. Probablemente una misión jesuita. A finales del siglo XVII, los jesuitas fundaron aquí una de sus muchas aldeas para evangelizar a los pueblos indígenas del río Negro. Les enseñaban portugués, los vestían, los adoctrinaban. Después fueron expulsados, y el sistema quedó en manos de otros amos. Cambió la sotana por el látigo.

El auge del caucho trajo riqueza para unos pocos. Para el resto, trajo explotación, enfermedades, rupturas culturales. Muchos pueblos indígenas desaparecieron. Los que sobrevivieron, se escondieron río arriba, o aprendieron a resistir en silencio.

Y ahora, más de un siglo después, todo eso está en ruinas. El caucho se fue. El dinero también. Los barcos dejaron de llegar. El río, como siempre, siguió su curso.

Yo me senté sobre una piedra. Escuché los grillos. Respiré hondo. Pensé en la memoria de estos muros y en lo fácil que es olvidar cuando el paisaje es bello.

A veces el viaje no es solo caminar por la selva, sino también mirar de frente lo que la historia trató de esconder.

Velho Airão me dejó una sensación extraña: mezcla de admiración y tristeza. Pero también gratitud. Por poder estar aquí, por escuchar, por recordar que la Amazonía no es solo un paraíso verde: es también una herida abierta.

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