Capítulo 12. Santarém y Alter do Chão: Un descanso en el Caribe amazónico


Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga

¿Cómo llegué hasta aquí? En red. Literalmente.

Para llegar a Santarém, no es que haya elegido vivir la experiencia del pueblo por convicción profunda.
La verdad es que, después de un mes viajando por el Amazonas, lo que yo soñaba era un asiento reclinable, aire acondicionado, bandejita con almuerzo tibio y una ventana limpia.

Pero no.
Ese día, esa ruta, esa hora… solo había una opción: el barco público.
Y ahí fui.

Subí con mi mochila, colgué mi hamaca como pude —entre otras hamacas, a escasos 20 centímetros del aliento del vecino— y me preparé para 30 horas colgando del techo, flotando río abajo.

Dormí poco, si es que dormí. Me debatí entre acomodarme o aceptar que tendría el pie de alguien más en la cara. Los baños eran compartidos con decenas (¿cientos?) de personas. Las filas para comer eran largas. El desayuno: café en vaso plástico y pan con suerte. Un crucero sin lujos, sin shopping, sin glamour. Pero con río, y con pueblo.

Y aunque traté de evitarlo, terminé viviendo la Amazonía como se vive aquí: con calor, con cuerpos, con tiempo que se dilata.
Con la certeza de que también esto es parte del viaje.
La señora con su balde de plátanos, el niño que juega con una botella vacía, el sonido constante del motor, las escalas eternas.
Todo es parte del río.

Y ahora que por fin llego a Santarém, entumida, ojerosa y fascinada, puedo decirlo:
valió la pena colgarme al Amazonas por 30 horas.

Después de 30 horas en barco desde Manaos, llego a Santarém. Una ciudad que no esperaba, que no planeaba. Un puerto tibio entre dos ríos, una pausa entre el barro y la arena. Aquí el Amazonas se cruza con el Tapajós, y el agua cambia de color, de humor, de ritmo. Se produce un fenómeno similar al encuentro de aguas que vimos en Manaos: el Tapajós, claro y verdoso, se desliza junto al Amazonas, más oscuro y cargado de sedimentos, sin mezclarse de inmediato. Es otra danza líquida, silenciosa, que marca este cruce como un lugar único.

Santarém huele a frutas que no conozco y a ropa tendida en balcones coloniales. El centro vibra entre iglesias antiguas y supermercados modernos, con motos que zumban como mosquitos grandes y vendedores que gritan sin gritar. No es una ciudad espectacular, pero tiene lo justo para anclar un par de días: un puerto, una historia, una iglesia preciosa de fachada azul cielo que parece flotar bajo el sol, y una promesa de playas.

Antes de partir hacia Alter do Chão, no puedo dejar de pensar en cómo empezó todo esto.

Santarém fue fundada por los jesuitas portugueses en 1661, sobre una antigua aldea indígena de los tapajós. En un principio fue una misión religiosa dedicada a la evangelización de los pueblos originarios de la región, como parte de la estrategia colonial portuguesa para dominar la Amazonía. Su nombre honra a la ciudad homónima en Portugal, y como muchas ciudades amazónicas, nació del cruce entre fe, colonización y resistencia indígena.

Desde entonces, ha crecido como un punto clave en el cruce del río Amazonas y el Tapajós, entre la historia fluvial y los sueños de caucho, entre la selva y la arena.

Alter do Chão es esa promesa. A una hora en colectivo (y otra caminando bajo el sol si tienes mala suerte), aparece esta joya improbable: arena blanca en plena Amazonía. Playas de río. Aguas tan claras que el reflejo te deja sin palabras. Le dicen el “Caribe amazónico”, pero a mí me parece más bien un espejismo dulce, una tregua selvática.

Hay poco que hacer, y eso es precisamente lo que lo vuelve perfecto. Caminar por la orilla. Flotar sin apuro. Mirar cómo los botes se mecen. Comer pescado con las manos. Mirar a los locales que no tienen apuro en nada, como si el reloj aquí también se hubiera derretido.

Tuve la intención de visitar Fordlândia, el sueño húmedo (y fallido) de Henry Ford: una ciudad entera construida en medio de la selva para explotar caucho. Pero son 16 horas en lancha rápida para llegar… y 16 para volver. Una locura fluvial que esta vez no será. Me quedo con las ruinas imaginadas, con la postal mental de un delirio industrial sepultado por raíces.

Y está bien. Porque después de tanta selva, barro, picaduras y aventura, Alter do Chão me regala otra cosa: el derecho al descanso. A no correr. A mirar el cielo reflejado en el río y decir: hoy no quiero llegar a ningún lado.

Aquí el Amazonas no se impone. Se desliza. Se deja querer.

¿Te quedas conmigo un rato más?

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