Capítulo 3. Pucallpa, entrada a la selva
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Tras dejar atrás los Andes, vuelo hacia Pucallpa, en la selva baja. Desde el cielo, el río Ucayali serpentea con lentitud poderosa: ya no es apenas un hilo de deshielo, ahora es río con cuerpo, voz y presencia.
Pucallpa marca un antes y un después en mi travesía. Ya no importa si la fuente más lejana del Amazonas está en el Mantaro o en el Apurímac: el Ucayali, que aquí abraza la ciudad, es sin duda el afluente de origen más poderoso del gran río. Desde este punto, el Amazonas deja de ser teoría, historia o ciencia. Se vuelve experiencia. Es el río que se empieza a sentir, ver, escuchar, cruzar.
Pucallpa, cuyo nombre en quechua significa “tierra colorada”, es la capital de la región Ucayali y uno de los principales puertos fluviales del oriente peruano. Fundada oficialmente en 1840, creció en torno a misiones franciscanas establecidas entre los pueblos indígenas shipibo-conibo, uno de los grupos amazónicos más importantes del Perú, conocidos por su arte visionario, su cosmología y su sabiduría ancestral.
A diferencia de otras ciudades más modernas, Pucallpa conserva alma de frontera: es ruidosa, desordenada, calurosa, pero también vital, creativa y profundamente espiritual. Su plaza principal vibra con mototaxis, palmeras y música, y a pocos minutos del centro, la selva comienza a cerrarse como un telón verde. Aquí convergen rutas fluviales, caminos de tierra, avionetas y sueños aún más grandes.
Durante el siglo XX, se intentó, sin éxito, integrar a Pucallpa con el resto del país por vía férrea. En 1909 y 1920 se firmaron contratos para conectarla con el Ferrocarril Central, pero los proyectos quedaron truncos. Recién en 1945 la ciudad fue enlazada por carretera a través de Tingo María. Sin embargo, la inestabilidad del suelo y las lluvias amazónicas erosionan frecuentemente el camino, provocando derrumbes, cortes y largos tramos intransitables. Así, aunque «conectada», Pucallpa sigue dependiendo del río. El Ucayali continúa siendo la arteria más confiable para vivir y desplazarse. Aquí, la selva impone sus tiempos.
Pucallpa no es la selva profunda, pero sí su umbral. Es la ciudad donde el río toma la palabra, y una empieza a intuir que para seguir su cauce hay que entregarse, fluir, transformarse.
Aquí comenzará mi entrada real a la Amazonía. Desde el puerto tomaré un colectivo, luego un peque-peque (canoa a motor), y más tarde caminaré entre barro y raíces para alcanzar uno de los misterios más asombrosos de esta ruta: el río hirviente Shanay-Timpishka. Un río que hierve como si viniera de un volcán… aunque el más cercano está a más de 700 kilómetros. Oculto en la espesura, venerado por algunos, temido por otros, y aún hoy apenas comprendido por la ciencia.