Capítulo 7. De la selva profunda a Iquitos: fantasmas del caucho y una ciudad que resiste

Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga

Después de una semana de selva y silencio, me subí a una lancha desde Lagunas rumbo a Nauta. Viajé de noche, acurrucada en el asiento, mecida por el murmullo del motor y la corriente del río. Fueron cerca de 700 kilómetros fluviales, zigzagueando entre meandros invisibles. Llegamos al amanecer. Desde Nauta, tomé un tuk-tuk hasta Iquitos. Ciudad calurosa, colorida, caótica. Ciudad que alguna vez soñó con la elegancia europea y terminó abrazando su propia mezcla de humedad, historia y mercado.

Iquitos fue, y sigue siendo, una ciudad frontera. Entre pasado y presente, entre el esplendor de una fiebre económica brutal y la resiliencia cotidiana de quienes la habitan hoy. Me dediqué a caminarla, a escucharla. Desde el mercado de Belén hasta las casonas de la época cauchera, cada rincón contaba algo. Historias de ambición desmedida, de violencia colonial, de riqueza fugaz y consecuencias duraderas.

Cuando el caucho era oro blanco

Antes de su auge, Iquitos era un pequeño asentamiento ribereño con raíces indígenas y presencia jesuita. Pero a fines del siglo XIX, todo cambió. El látex se volvió fiebre global, y la ciudad creció de golpe. Llegaron pianos de cola, autos europeos, lámparas de cristal y cerveza alemana. También llegó la brutalidad. Los pueblos indígenas fueron esclavizados, especialmente en la región del Putumayo. Se cometieron atrocidades inimaginables. Detrás de los decorados parisinos, hubo sangre, lágrimas y selva devastada.

La Peruvian Amazon Company, con capitales ingleses, operó desde aquí. Y fue un irlandés, Roger Casement, quien denunció los crímenes en sus informes, luego de haber hecho lo mismo en el Congo. Su lucha por los derechos humanos fue pionera, aunque pagó un alto precio: fue ejecutado por traición a la corona británica.

Literatura, historia y vuelta en círculo

Fue por esas rutas que llegué yo, sin saberlo, mucho antes. Cuando pensaba viajar a África, mi papá me recomendó leer El sueño del celta, de Vargas Llosa. Nunca imaginé que ese libro me iba a devolver al Amazonas. Ni que terminaría caminando por la ciudad que había leído en sus páginas.

Iquitos hoy: entre el recuerdo y la reinvención

Camino por sus calles amplias, observo sus balcones de hierro forjado traídos de Europa, algunos carcomidos por la humedad, otros restaurados como hoteles boutique. La ciudad no sabe si debe seguir soñando con su esplendor pasado o rendirse al óxido. Pero yo la admiro. Tiene algo que resiste.

Entre la selva y el cemento, Iquitos vibra. Su gente, su arte, sus contradicciones. Bajo todo eso, los ecos de la fiebre del caucho todavía laten. Pero también laten las ganas de seguir, de reinventarse. De vivir.

Y yo, mujer, viajera, sola… estoy aquí

Cierro este tramo del viaje con una certeza: viajar sola no es estar sola. Es ir liviana, pero atenta. Es mirar con otros ojos, los del asombro, la memoria, la intuición. Es escuchar lo que la historia nos susurra en los muros húmedos de una ciudad como Iquitos, y preguntarnos qué vamos a hacer con todo eso. Porque hay heridas, sí. Pero también hay caminos. Y el viaje recién comienza.

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