Capítulo 6. Siete noches en el corazón del Amazonas

Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga

Subo a una lancha y avanzo por el río Huallaga durante unas cinco horas, rumbo a Villa Lagunas. Esta localidad amazónica, ubicada en la región de Loreto, fue históricamente un punto de intercambio entre los pueblos indígenas y los misioneros jesuitas en el siglo XVIII. Su nombre no es casual: Lagunas está rodeada de espejos de agua y selva alta, y aún conserva la memoria viva de sus ancestros quechuas-lamas, cocamas y shawi.

Es un pueblo suspendido en el tiempo. Su conexión con el mundo exterior no es el asfalto ni el wifi: son las lanchas que van y vienen por el río Huallaga, trayendo sacos de arroz, baldes de plástico, bidones de gasolina, frutas, cajas, noticias, cartas, encargos y pasajeros. Barcos que avanzan río abajo hacia Yurimaguas o río arriba, hacia lugares donde el mapa ya no tiene nombres.

Lagunas abre sus puertas como un umbral humilde hacia la selva más profunda: la Reserva Nacional Pacaya Samiria, el área natural protegida más extensa e importante del Perú, uno de los territorios más biodiversos del planeta. Aquí dejaré atrás los motores, la señal, la cama seca. Cambiaré las rutas por los meandros y la prisa por la respiración. Desde ahora ya no hay lunes ni domingo, sólo selva. Me esperan siete días y seis noches internada en lo más profundo de la selva amazónica.

Con Arquio, mi guía, empezamos a remontar el río Samiria sin apuro. Él rema con la calma que solo los años pueden enseñar. No le teme a los jaguares ni a los caimanes. Su confianza no viene de ignorar el peligro, sino de haber convivido con él. Es hombre de río, de oído fino y ojo agudo.

La quebrada Tibilo nos da la bienvenida con sus ramas bajas y su agua tranquila. A veces, el río se angosta tanto que parece cerrarse sobre sí mismo. Todo es reflejo. El cielo está abajo, y los árboles se espejan infinitamente. No hay arriba ni abajo. Solo selva que respira.

Durante una semana, acampamos en lugares con nombres secretos: Tranca Caño, Poza Gloria, Camotal… Dormimos sobre esteras, pescamos nuestro alimento, cruzamos bosques donde crecen los árboles más antiguos que he visto en mi vida. Caminamos por senderos donde los troncos miden siglos y el aire huele a medicina antigua.

Los días se suceden como un mismo día que se estira. Ayer parece igual que hoy, y mañana será lo mismo. Tal vez veamos otro pájaro, otro color, otro animal. Pero el río sigue. La selva sigue. El cielo arriba y abajo. La rutina pierde sentido. Las horas se desvanecen. Ya no se trata de llegar a ningún lado. Se trata de estar.

Y, sin embargo, yo cambio. Yo no soy la misma. Voy creciendo por dentro. Siento más silencio, un silencio que no es ausencia de sonido, sino plenitud.

Porque mientras más nos alejamos de la civilización, más se amplifican los gritos, los aullidos, las estridulaciones, los croares y chillidos que componen esta sinfonía salvaje. La selva se vuelve más presente. Más rotunda. Más viva.

Pero yo, paradójicamente, siento más el silencio. Ese silencio del alma. El silencio de la calma. El silencio de la paz. De la satisfacción profunda que da el estar donde uno tiene que estar.

No hay espejo, pero me veo. La selva no responde, pero me habla.

Soy mujer, y estoy sola en la selva. Pero no me siento sola.
Me acompaña la memoria de otras mujeres que han caminado este bosque antes.
Y la certeza de que mirar con otros ojos, los de la intuición, el asombro y el amor por la vida, también es una forma de explorar.

Esta selva me atraviesa. Me transforma. Me rebalsa.

Lo que he vivido aquí no se puede guardar en una foto ni en un video, se lleva en la piel, pero, aun así, quiero contarlo, para que otros vean, para que aprendan a mirar. Para que, quizás, lleguen a querer esta selva como la quiero yo y necesiten cuidarla, antes de que sea tarde.

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