Capítulo 5. Yurimaguas: donde terminan los caminos y comienza el río
Una travesía desde los Andes hasta el Atlántico: Exploración y crónica de Ilania Astorga
Desde Pucallpa sigo rumbo norte. Paso fugazmente por Tarapoto, ciudad entre selva y sierra, y desde ahí me embarco por tierra hacia Yurimaguas. Aquí se acaba el asfalto. Desde esta ciudad calurosa y húmeda, se terminan las carreteras y comienza el reino líquido del Amazonas. Yurimaguas no es solo una ciudad: es la puerta de entrada hacia la selva profunda, un punto de inflexión donde los mapas cambian de forma, los caminos se vuelven cauce, y el viaje se transforma en navegación.
Desde aquí empieza la travesía fluvial.
Un origen jesuita: la huella de Samuel Fritz
Lo que pocos saben es que Yurimaguas fue fundada por Samuel Fritz, el mismo misionero jesuita que, en el siglo XVII, trazó a pulso el primer mapa completo del río Amazonas. En 1686, Fritz llegó a esta zona como parte de su misión evangelizadora, y estableció la reducción de Yurimaguas, un modelo de asentamiento colonial diseñado para evangelizar a los pueblos originarios y organizar su vida bajo normas europeas. Aquí, convivió con pueblos indígenas Omaguas y Yurimaguas. Su objetivo era convertirlos al cristianismo, pero también aprender de ellos, su lengua, su relación con el río, sus rutas.
Fue gracias a este contacto estrecho con los pueblos amazónicos que Fritz pudo recorrer buena parte del río en canoa, a lo largo de más de 4.000 km, y mapearlo como nunca antes se había hecho. Su famoso mapa de 1691 muestra el Amazonas naciendo en el río Marañón, en Perú, una mirada que redefinió la cartografía europea durante siglos.
Yurimaguas fue uno de sus puntos de partida y de regreso, un puerto clave en su red de misiones, y hoy es una especie de legado vivo de ese momento fundacional entre historia, fe y geografía. Como si el pulso de Fritz todavía resonara en los remos que zarpan cada día desde este puerto hacia la selva.
Entre mercados, motores y memorias
Hoy, Yurimaguas sigue siendo un lugar de tránsito y encuentro. El puerto vibra con embarcaciones que cargan gente, frutas, sueños. En sus mercados se mezclan la yuca, los pescados raros, los remedios naturales, las motos-taxi, los cantos de los loros. Es una ciudad donde lo cotidiano se funde con lo extraordinario, donde uno puede comer un juane mientras compra un boleto para internarse tres días por el Huallaga.
Para mi travesía, Yurimaguas es el umbral del viaje fluvial, el sitio donde debo dejar atrás el mundo terrestre y abrirme a lo incierto, a lo húmedo, a lo salvaje. Aquí empiezo a dejar de caminar y empiezo a flotar.
Antes de seguir río arriba, me detengo en el puerto de Yurimaguas: un hervidero de movimiento y caos. El piso es de tierra apisonada, las moscas se arremolinan sobre las frutas, y los barcos —esas embarcaciones enormes que llaman “lanchas”— esperan su turno con resignación, atracadas como vacas en una feria. En los pisos inferiores cargan sacos, bidones, baldes, motores, piñas, plátanos y hasta piedras; en los superiores, decenas —a veces cientos— de hamacas cuelgan unas junto a otras, con viajeros que esperan sin prisa. Dicen que las lanchas parten a las cinco, pero nadie aclara si es de la mañana o de la tarde, de hoy o de mañana. Mientras observo a los hombres cargar al hombro bultos imposibles, pienso que al inicio de esta travesía mi idea romántica era navegar todo el Amazonas solo en estas lanchas. Pero fui sumando paradas, desvíos, obsesiones. El tiempo empezó a apretarme, y esta parte quedó fuera. Y qué quieres que te diga… lo agradezco. Porque pucha que se ven incómodas. Aunque sé que más abajo en la ruta, cuando el calendario afloje, me va a picar la curiosidad. Y ahí sí, me tocará colgar mi hamaca y embarcarme como se debe: a lo amazónico.